Siempre fui una chica solitaria, nunca nadie quería estar
conmigo, por la música que escuchaba y por como vestía. La gente era muy
superficial, había gente que escuchaba lo mismo que yo, pero por no ser
rechazados vestían como los demás y en público escuchaban otra música. Pero un
día andando por los pasillos del instituto iba con los cascos y con la música
alta por no decir a todo capullo para molestar un rato a los pijos. La verdad
es que me importaban una mierda todos ellos, lo único malo de ese instituto
eran las normas y los profesores estirados, no había ni uno que se enrollara un
poco ni nada, todos eran unos aburridos y unos miedicas que le teman a dirección más que los propios
alumnos. Pues como no, una de las normas era la de no usar aparatos electrónicos,
me daba exactamente igual yo hacía lo que me daba la gana aunque me castigaran
todos los días.
Ese día, me volvieron a castigar, pero lo último que me
esperaba era encontrarme a otro chico en la sala de castigo por el mismo motivo
que yo, normalmente no había nadie más y sino era porque algún pijo se había
metido en un lío tonto con otro por la novia, estupideces varias, pero allá
ellos. Pero ésta vez no era una de esas, ésta vez era un chico que iba vestido de
negro y con botas militares, estaba sentado en una esquina y aunque lo habían
castigado seguía escuchando su música, lo mejor fue que estaba escuchando Avenged
que era uno de mis grupos favoritos y lo pude identificar a la primera, la tenía
altísima y el amargado que nos vigilaba no le decía nada, parecía como si
estuviese acojonado de que el alumno le dijera algo. No me pude sentar en mi
sitio de siempre, estaba sentado él, así que me senté un par de pupitres por
delante para poder mirar por la ventana y seguir dibujando y escribiendo cuando
me apeteciera, pero esta vez me puse mi música para ver si el amargado me decía
algo. Alucinante no llevaba dos canciones cuando dio un golpe en la pizarra y
me dijo que quitara ese ruido, el otro chico se dio cuenta de lo que estaba
pasando y solo bajo las piernas de la mesa y miró al amargado, que cambio
totalmente de humor y me dijo que podía seguir con ella, me había quedado
alucinada, eso no era normal.
Me levanté y me senté al lado del chico. No me dijo como se
llamaba, pero si que lo llamara 5, me quede un tanto sorprendida, era un
número, pero bueno, me hizo gracia; era el único chico distinto de todo el
instituto y atrevido porque no paraba de mirarme las tetas. Podría ser un poco más
disimulado, que no cuesta tanto y le dije:
Los ojos los tengo aquí arriba, no aquí – mientras me
señalaba las tetas –
¿Y qué? A mi me gustan más tus tetas – no se cortó ni un
pelo en contestarme eso y me quedé flipada, no me lo esperaba –
Me sentí salvada, justo sonó la sirena y teníamos que ir a
clase, pero lo último que me esperaba era que me tocara el culo al levantarme,
pero, ¿De qué iba? No lo dude un segundo más, me giré y le di un guantazo, se
lo merecía no sabía ni mi nombre y ya se estaba pasando, pero el muy capullo se
levantó me cogió de una mano para que no siguiera andando y me trajo hacia él
para darme un beso, me quede sorprendida no me esperaba eso, pero no pude
evitarlo, tiene algo que me atrae y se lo conteste…
Me gustan las chicas como tú – y sin más, me suelta eso
después de darme un beso –
En serio, este chico me estaba haciendo alucinar, no se que
se pensara que le voy a contestar, pero directamente paso de contestarle, me di
media vuelta y me largué, no porque no me hubiera gustado ese beso, sino porque
estaba flipando y prefería irme, ya lo volveré a ver y no me extrañaría que
fuera en el mismo sitio.
Al día siguiente, otra vez me castigaron, total, ya era
rutina. Estaba él sentado en el fondo, respire hondo y pasé para sentarme donde la primera vez. El
profesor seguía sin aparecer y yo estaba con mi música puesta a tal volumen que
no me enteraba de lo que pasaba a mí alrededor, pero de pronto note que algo me
cogía de las tetas y empezaba a manosearlas mientras me mordía en el cuello, me
estaba poniendo cachonda, había encontrado mi punto débil. Me levantó de la
silla y me puso contra una mesa, seguía mordiéndome el cuello hasta que lo cogí
para besarle, estaba cachonda, como siguiera así la cosa iba a acabar mal. Bajó
sus manos a mi culo, estábamos pegados el uno contra el otro sin dejar de
besarnos, de vez en cuando volvía a morderme el cuello y al final acabé totalmente
cachonda y empecé a morderle yo a él con lo que pude observar que a él también
le gustaba porque note su pene contra mí.
Llevo un condón en la mochila – me dijo eso en un susurro
mientras intentaba respirar con normalidad –
Estás tardando – le contesté como pude, me costaba hablar –
Fue a su mochila, se lo puso y vino hacia mí, no tardo ni un
segundo cuando me percaté de que me había quitado los pantalones, me besó y me
quitó las bragas. Jugó un poco con su lengua en mí y en cuento escuchó el
primer gemido empezó a metérmela, no con mucha fuerza al principio, pero cada
vez me gustaba más como me lo hacía, cada vez lo notaba más dentro de mi y eso
me encantaba…
Fueron pasando los días y hacíamos lo posible para que nos
castigaran, siempre era por el mismo motivo, pero nos veíamos todos los días en
esa sala, sin el amargado, no se como se las apañó, pero siempre nos dejaban
solos y gritáramos lo que gritáramos no nos decían nada, y aunque nos lo
dijeran, nosotros seguiríamos follando.