Era la noche del fuego. El ritual de todos los años cuando
una chica cumplía los 18 da igual que los halla cumplido ya o no, pero si los
cumple ese año no puede evitar ese ritual, en el que se viste con un vestido blanco
y una flor en el pelo; va a la playa y se sienta con las demás chicas en una
fila de sillas altas con gran respaldo, semejando ser de la realeza. Ella
odiaba ese ritual, le parecía una estupidez exponerse en sillas esperando a que
lleguen los chicos que cumplen también los 18 y bailar, luchar, pelear para
conseguir a la chica que más le guste, lo malo es cuando a dos o más chicos les
gusta la misma chica, que ahí es cuando los mayores del pueblo se emocionan
porque tienen que ponerle una serie de pruebas a esos chicos para ver cuál de
ellos llega primero y consigue a su chica.
Por desgracia este año me tocó ponerme entre esas chicas y
fingir una sonrisa de oreja a oreja, ya que mi madre y mi abuela me observaban
emocionadas como si estuviera convirtiéndome en una mujer de verdad. Lo malo es
que a mi no me gustaba ser como todas las demás, digamos que yo era la excepción,
la chica “rara” como decían los mayores, por la música que escuchaba, porque no
me gustaba lo que a las demás, por como vestía y porque nunca aceptaba lo que
me daban, pero había una cosa que hacía que eso diera igual porque según ellos
era la más atractiva, la que mejor cuerpo tenía y al mismo tiempo la más rara. A
mí no me hacía ni pizca de gracia sentarme ahí, por mí no habría ido, pero
cuando vi la mirada de mi madre y de mi abuela al probarme el vestido, me di
cuenta de que no podía faltar.
Ese día la mala suerte estaba de mi lado y les guste a dos
chicos, uno era un poco feo y el otro bastante bonico. Después de que les
pusieran varias pruebas estúpidas llego el bonico hasta mí e intento darme un
beso como “premio” pero disimuladamente lo esquive, y en cuanto pude me largue
y me fui en busca del otro chico, ese me había llamado la atención aunque fuera
más feo, pero, no se, me miro de una forma que hasta ahora ningún otro chico me
había mirado así. En cuanto llegué a él lo cogí de la mano y salí corriendo
hasta el callejón más cercano, ahí le bese tanto como quise, el parecía un
tanto sorprendido simplemente por el hecho de que él había perdido, pero me daba
igual, yo iba a darle su premio y algo más. Tal y como se merecía.
Después de llevar un rato en el callejón besándonos, empezó
a morderme el cuello y meterme mano y conforme más lo hacía más cachonda me ponía.
En uno de esos momentos sin pensarlo dos veces le solté que tenía ganas de
hacerlo.
¿Estás segura? – me preguntó –
Claro que lo estoy, sino, no estaría aquí.
Me dedicó una sonrisa de capullo, pero con las mismas me
quitó las bragas y yo las guardé en el bolso que llevaba mientras el se sacaba
un condón del bolsillo y se lo ponía. Una vez se lo puso me cogió y me la metió,
fue un poco brusco, pero aún así me gusto y siguió metiéndomela hasta que se
corrió. Una vez terminó me puse otra vez las bragas.
Ya nos veremos – le dije, mientras le guiñaba un ojo y me
giraba para irme –
Le besé y con las
mismas me fui en busca del bonico ya que tenía que seguir fingiendo un rato más.